2 de febrero
La caña de azúcar, uno de los cultivos más antiguos de la humanidad, halló su camino desde las tierras de Santo Domingo en 1501, extendiéndose con fervor por América y el Caribe. En Argentina, fue la mano de los Jesuitas la que la introdujo, encendiendo el fuego de la agroindustria en las provincias de Salta, Jujuy y Tucumán a mediados del siglo XVIII.
En Tucumán, su arraigo se remonta al 1700, cuando los Jesuitas, en la Reducción de Lules, pusieron en marcha un rudimentario trapiche movido por bueyes. Tras su expulsión, la actividad desapareció hasta que el Obispo Colombres revivió la actividad en 1821 en su quinta de El Bajo. En 1824, surgió el Ingenio Cruz Alta, testigo del devenir histórico hasta nuestros días.
El ferrocarril, llegado en 1876, cambió la situación rural de la región, tejiendo un lazo entre pueblos y campos. Con él, el azúcar se convirtió en el motor económico del crecimiento de la provincia. Industriales se adaptaron, algunos vendieron sus tierras, otros se convirtieron en proveedores de materia prima para los ingenios. La modernización agrícola de la década de 1880 avivó el panorama, aunque no sin desafios.
Con representantes de Tucumán, Salta y Jujuy, buscan fortalecer la integración regional del sector cañero.
El alcohol hidratado producido en 2025/6 superaría los 610.000 m³, cifra que consolidaría al sector como motor energético de la región.
Los 14 ingenios produjeron casi 1,6 millón de toneladas de azúcar equivalente; y las destilerías, que continúan en actividad, van logrando hasta el 15 del mes pasado más de 323 millones de litros de alcohol hidratado.